dilluns, 25 de maig de 2015

El final de la historia más bonita.

Para los menos avezados: sí, esto va de una ruptura.

Hay momentos en la vida en los que te sientes afortunado. En tu paraíso imaginario eres el rey, deambulas a tus anchas, haces y deshaces a tu antojo. Mandas, ordenas. Tus súbditos te obedecen. ¡Eres el rey, demonios!

Pero las fábulas siempre se resquebrajan.

Hay otros momentos en la vida en los que te sientes el más ignorante de todos los seres humanos. Dejas de saber todo lo que habías aprendido, pierdes la fe en la realidad. Y entonces, ante ti, el abismo, la sima insondable.

Lo peor de todo no es cometer errores. Lo peor es no saber por qué los cometes, ni cómo. Empiezas a pensar, a reconocer, que el gran error eres tú. No has hecho nada mal: eres la maldad personificada. Haces daño cuando quieres hacer el bien. Rompes todo lo que se acerca a ti. Empiezas a confundir los significados de las palabras "amor" y "dolor".

¡Qué gran especie ésta, el ser humano! ¡Cómo nos envidian los animalitos y las plantas! Cómo añoramos a veces no habernos quedado más atrás en el árbol de la evolución...

Es difícil aprender a resignarse, aceptar todo aquello de ti que perjudica a los que te rodean. Pero, quiero creerlo así, en eso consiste vivir. ¿O no? Del paraíso en el que viviste los momentos más felices de tu vida sólo quedan jirones. Tus súbditos se han ido para siempre, cansados de tu despotismo. Quizás ha llegado el momento de deponer la corona y humillarse, de rodillas, ante el mundo espurio que creaste para tu vanagloria. Tú mismo te has derrotado.

La historia más bonita tenía el final más triste posible. ¿Lo tuvo desde el principio? Llega un punto en el que te sientes huérfano, no sólo de respuestas, sino también de preguntas. Los porqués se transforman en cómos, los cómos en qués, y todos ellos acaban convirtiéndose al final en un gran quién... ¿Por qué hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Qué hacer? ¿Quién soy...?

Ya todo da igual. Todos los cuentos tienen un principio y un final. Arranqué muchas de las páginas, quizás las más hermosas, por querer saber pronto si el príncipe se quedaría con la princesa. Sin esa premura, acaso habría sido capaz de distinguir al lobo con piel de príncipe... Ya todo da igual...

Es cierto lo que dicen. Escribir alivia, atenúa el sentimiento de culpa.

Quizás algún día la escriba entera, la historia más bonita.

Pero ya os avanzo que el final no lo escribiré.

Hay palabras demasiado tristes como para ser escritas.

Fin.