dissabte, 27 de juny de 2015

Aventuras y desventuras de un tobillo


Hace apenas un mes me torcí un tobillo jugando al fútbol. Un golpe fortuito, un mal gesto y catacrack: visita a urgencias, horas de espera, radiografías, férula posterior y a casa a mantener el pie en alto.

La primera dificultad fue llegar a casa. La ida, hacia el hospital, fue muy poco problemática. Viaje en metro, algo de dolor al apoyar y poco más. La vuelta, con el pie escayolado, se antojaba una tarea un poco más compleja. Sin acompañante, sin muletas, sin móvil con quien llamar a nadie. Finalmente, un caritativo taxista hizo las veces de ángel salvador y, previo pago de la cantidad estipulada, me dejó en el portal de mi casa sano y salvo (sic).

Subir escaleras a la pata coja no es una actividad especialmente placentera. Bajarlas, tampoco. En realidad, cualquier actividad cotidiana que se os ocurra se convierte en un reto mayúsculo para una persona acostumbrada a usar sus cuatro extremidades, cuando le inmovilizan una de ellas. Pero eso no te lo cuentan hasta que te encuentras en situación. El asunto de vivir solo tampoco ayuda en momentos así.

En este último mes he vivido sensaciones agridulces. He descubierto rutas secretas en las instalaciones del metro de Valencia; ascensores con la calefacción a tope en pleno verano, escalones sin ninguna función específica más que seleccionar a aquellos pasajeros que pueden caminar sin ninguna ayuda. He comprendido que el tiempo que se tarda en recorrer una distancia fija puede llegar a multiplicarse por cuatro, por mucho que camines con tres apoyos en lugar de dos.

Pero también ha habido momentos realmente reconfortantes. En uno de mis interminables viajes en metro, con la pierna todavía bien escayolada, me dirigía resoluto a la puerta del ascensor que me debía llevar al piso de arriba. Los viajeros, centenares de ellos, me adelantaban por izquierda y derecha sin manifestar ningún tipo de compasión por un inválido como yo. En ese momento, un chico, bajito, con gafas, se ofreció a pulsar el botón del ascensor, que yo todavía no había logrado alcanzar. Educadamente le di las gracias, todavía sorprendido por su amabilidad. Justo cuando retomó su camino en dirección a las escaleras mecánicas fui consciente de que el chico tenía síndrome de Down. Lección de vida.

Con el paso de las semanas he ido atravesando todas las etapas que la recuperación de un esguince de tobillo de grado II requiere: férula, inmovilización; vendaje funcional, primeros apoyos; rehabilitación sin carga, con carga, sesiones de fisioterapia. Podemos decir que poco a poco voy recuperando todas las sensaciones perdidas hace treinta días.

Esta semana, de hecho, me envalentoné y fui a dar un paseo por la ciudad. Concretamente, el martes. Todavía ando con una muleta. De hecho, cuando te acostumbras a usar dos apoyos extra, pasar a utilizar sólo uno de ellos requiere técnica y concentración. Pero todo eso pasó a un segundo plano pronto. En ese primer paseo después de tantos días pude respirar aire puro, escapar de un fugaz chaparrón refugiándome bajo un improvisado toldo. Sentarme un rato, levantar la cabeza y observar fijamente un paisaje precioso, nunca antes visto, siquiera imaginado. Dejar pasar las horas, intentando saborear cada ápice de belleza de esa confortable sensación de estar descubriendo algo nuevo; justo lo que nunca supiste que estabas buscando. Sólo entonces empiezas a recuperar el ánimo. Quizás hace falta un buen esguince de tobillo para apreciar de nuevo todos esos detalles que se mantienen ocultos durante la mayor parte del tiempo.

Pues bien, ese paseo fue una auténtica experiencia de realización personal. Una transformación del manido quiero-y-no-puedo en un novedoso por-supuesto-que-voy-a-poder. Llegué a casa cansado, todavía apoyado en una muleta. Cerré la puerta, me senté en el sofá. La muleta me miró, confusa. Quizás se estaba dando cuenta, al mismo tiempo que yo, de que ya no iba a necesitarla más. La recuperación va viento en popa, mi tobillo está cada día más fuerte. Y no os extrañe si próximamente me veis por ahí dando saltos. Serán de alegría, por supuesto.