dimarts, 27 de gener de 2015

Me voy a suicidar esta tarde



Me voy a suicidar esta tarde.

- ¿Hmm?

Se percató de repente de lo incómodo que resultaba expresar en voz alta un pensamiento como ése en un lugar público. Se excusó como pudo y abandonó la taberna.


El camino a casa se hizo difícil. Los recuerdos le obligaban a girar la cabeza a cada paso. En aquella calle, ahora asfaltada, dio sus primeros pasos, agarrado de la mano de su madre. Tras la esquina de más allá solía ver aparecer a su padre en aquellas largas tardes de verano con, de vez en cuando, alguna que otra sorpresa para él, al volver del trabajo. Las paredes de un edificio medio en ruinas fueron otrora una portería de fútbol, un castillo encantado o cualquier otro escenario que a unos niños de pocos años de edad se les pudiera imaginar. Allí, en un parque ahora convertido en solar, había conocido a su primer gran amor. Cómo olvidar el primer beso, los primeros cosquilleos en el estómago. Cómo olvidar aquella dura despedida.

Podríamos decir que el barrio era su vida. Había viajado poco; lo suficiente, sin embargo, para darse cuenta de que él pertenecía a allí. Cada piedra de cada muro le contaba una historia en la que él había sido protagonista. Cada persona que había venido y se había marchado había dejado algo bueno en él, una lección de vida. Él era el barrio. Por eso no se explicaba por qué precisamente ahora tenía esa sensación. Los recuerdos, mezclados con la idea de una angustia infinita, luchaban por salir de su cabeza. Sabía que no le quedaba ninguna otra solución. Debía hacerlo ya. Esa misma tarde.


La batalla entre el miedo y la desesperación amenazaba con destruirlo todo aunque, en realidad, lo único que le preocupaba era el dolor que dejaría su ausencia. El llanto de su familia. El pesar de sus amigos. Pero ni eso podía detenerle: había llegado el momento. Tras pensar durante unos minutos cuál sería la mejor opción, decidió apostar por un método clásico. Una altura de un sexto piso debería bastar, pensó. Él había visto asfaltar esa calle que ahora engulliría sus recuerdos para siempre.

El ruidoso tic-tac que sonaba cada vez más fuerte en su cabeza dejó de golpearle por unos segundos. Se vio a sí mismo, feliz, en un futuro inexistente, sin penas ni amarguras. Estaba viendo, por primera vez en su vida, un mundo sin dolor, sin dificultades. Un mundo en el que todo baila al son que uno le marca. Pero todas esas imágenes se resquebrajaron de repente. El tic-tac ululó con más fuerza; más deprisa. Sus piernas, como por un acto reflejo, le acercaron con decisión al balcón. No había vuelta atrás. El dolor debía acabar.

Se asomó. El cielo estaba despejado. El sol no quería perderse el espectáculo y parecía ralentizar su marcha hacia el oeste. La temperatura era agradable. Tomó airé. Lo expulsó poco a poco, de forma entrecortada. Volvió a tomar aire. Ahora sí, decidió. Volvió a soltarlo lentamente. El pulso se le aceleró. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.

Ahora. Tomó algo de impulso, dio un pequeño salto y se lanzó al vacío. Pero algo le atenazó las piernas. Las extremidades se le petrificaron. Su cuerpo ya no respondía a su firme voluntad; su cuerpo no quería saltar. A decir verdad, no podía. Fue entonces cuando sus ojos vislumbraron a lo lejos una comitiva. No había mucha gente, pero los conocía a todos. Su familia estaba allí. También todas sus amistades. Había lágrimas, sollozos, gritos desgarrados.

Y había un féretro.


Se le heló el alma.


1 comentari:

Ángel ha dit...

https://www.youtube.com/watch?v=-CGIii_eTOk